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Catalán

Medito la palabra

Igual que el pueblo de Israel en el desierto, Jesús también tiene que hacer su camino. Un camino no fácil, lleno de tentaciones que pretenden hacerle olvidar que el verdadero camino de liberación es el que Dios nos ofrece. Y son tentaciones que nosotros, en nuestro caminar diario, también experimentamos: la tentación de poner por delante nuestro bienestar al bienestar de los demás (“ordena a esta piedra que se convierta en pan”); la tentación de que se haga aquello que yo quiero (“todo será tuyo”); y la tentación de ser el centro de atención, de quedar bien, de que siempre me aplaudan (“tírate abajo”). La propuesta que ofrece Jesús es la de aceptar que lo que tiene sentido es poner la vida al servicio del proyecto de Dios (“adora al Señor tu Dios y sírvele sólo a él”), que implicará ciertas renuncias (“no solo de pan vivirá el hombre”), y todo sin espectacularidades (“no pongas a prueba al Señor tu Dios”).

¿Cuál de estas tentaciones experimento con más fuerza?

¿Qué he de hacer para superarla?

En este camino de cuaresma que empezamos, ¿qué puedo hacer para ir poniendo cada vez más mi vida al servicio del proyecto de Dios?

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